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Es desesperante ver cómo se marcha ese globo al que has estado siguiendo durante dos horas y media. Es cruel ver, cómo ese globo naranja, se va alejando poco a poco sin que tú no puedas hacer nada para evitarlo. Es inhumano, ver cómo ese globo con el 3,30 pintado en números grandes con rotulador negro, te abandona, te deja tirado, se va… así sin más, sin ningún tipo de excusa o explicación. Y es muy desolador comprobar cómo en ese momento tu cuerpo te está diciendo “hasta aquí hemos llegado compañero, ya no podemos seguir a nuestro querido globito”.
Todo esto, me ocurría nada más pasar el kilómetro 30. Así, sin más, llegado de la nada, sin previo aviso, como por arte de magia, el hombre del mazo me golpeaba con implacable brutalidad. O lo que es lo mismo, en ese momento me estaba estrellando contra el famoso “muro”.
Hasta aquí, todo había ido perfecto. Como botón de muestra, los datos de mi reloj GPS:
Tiempo en el Km 10: 50’03 (a 5’00 min/km) Tiempo en el Km 21: 1h 44’13 (a 4’56) Km 26 a 5’02 Km 27 a 4’52 Km 28 a 4’51 Km 29 a 5’02 Km 30 a 5’08 Tiempo en el Km 30: 2h 28’44 (a 4’57 de media).
Joder, que bien había ido hasta entonces. Había rodado cómodo y disfrutando de la carrera. Incluso durante muchos kilómetros rodé por delante del globo. No había forzado nada, joder, yo pensaba que íba reservando. Incluso llegué a soñar, no con un 3,30 (lo veía complicado), pero sí con un 3,35. Lo veía posible.
Pero pasar el 30 y……. (sigo con datos reales de mi reloj GPS) Km 31 a 5’49 Km 32 a 5’49 Km 33 a 5’56 Km 34 a 5’58 Km 35 a 5’59
¿¿Qué pasó?? Pues no lo sé, supongo que esto es lo que llamáis el “muro”. De repente me encontré flojo flojo, vacío, desfallecido, sin fuerzas… incapaz de mantener el ritmo de 5 min/km. No tenía problemas de piernas, no tenía calambres ni nada por el estilo, correr, podía seguir corriendo, pero ahora ya a ritmo mucho más lento. Tampoco creo que el problema fuera el comer y el beber. Bebí en todos y cada uno de los avituallamientos que hubo hasta entonces y me tomé los geles tal cómo lo tenía planificado. Fuera lo que fuera, la cuestión es que tras el km 30…. ¡¡pajarón brutal!!
Los kilómetros 31, 32, 33, 34 y 35 fueron horribles. Fijo que pasarán a la lista de los peores momentos de mi vida en pruebas deportivas. Muy muy duros, no tanto físicamente, pero sí mentalmente. Por momentos, te sientes totalmente hundido. Empiezas a preguntarte “¿Pero a dónde íbas alma cándida?” “¿Pero que hacías tú con el globo de 3’30?” “¿Porqué no has cogido el de 3’45?” “¿Tres meses de trabajo para esto?”. Todo son penas, lamentos y pensamientos negativos.
Qué razón tenéis los que decís que los últimos kms de una maratón se corren con la mente. Los primeros 30 con las piernas y los últimos 12 con la cabeza. Así es, la clave está en la mente. Llegué moralmente hundido al avituallamiento del km35 y me paré unos segundos. Me eché dos vasos enteros de agua por la cabeza y eso parece que me hizo espabilar. Me dije a mí mismo: “Iñaki, no querías conocer una maratón?” “¿No querías vivir la experiencia de una maratón?” “¿No decías que no sabías qué era eso del muro?” “Pues mira, ahora aquí lo tienes todo juntito, así que… vive la experiencia, “disfrútala”, “súfrela”, no puedes ir a 5’ pero sí puedes ir a 6’ el km, lucha, gánate esa medalla y sobretodo continúa por esa familia maravillosa que te está esperando unos kilómetros más adelante”
Y eso hice. Continué. A ritmo de 6 minutos kilómetro. Poco a poco, tranquilizándome, recuperándome del hundimiento sufrido, volviendo a ver las cosas con claridad. Poco a poco, sin prisas, sin presión de tiempos y marcas, ya daba igual hacer 3,30 que 4h. Poco a poco, tomando conciencia otra vez de que correr una maratón y terminarla es algo grandioso, al alcance de pocos. Ahora sí que puedo decir que he sufrido en mis propias carnes la dureza del maratón. Y así, sufriendo y luchando, km 37, km 38, luchando y sufriendo, km 39, km 40, km 41… por fin, a 100 metros del túnel de entrada al estadio de la Cartuja, allí estaba esperándome mi familia. Buuaahh!! Momento indescriptible, eso no se puede contar, él que lo haya vivido lo sabe. Besos, abrazos, y… a por los metros finales!
Atravesar el túnel, salir a la pista del estadio, completar esos “deliciosos” últimos metros y cruzar el arco de meta… eso no tiene precio. Fue un momento mágico, vivido en solitario, sin abrazos, sin felicitaciones, pero pocos momentos hay en la vida dónde uno se pueda sentir tan satisfecho. No llegué a emocionarme. Recogí la medalla, foticos de rigor, y me dirigí hacia el túnel de salida… … allí en la penumbra de túnel, dirigiéndome al encuentro de mis queridos compañeros, allí sí, allí sí se me salían las lagrimillas…
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